domingo 5, febrero 2023

Chocolate con agua de los muertos

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MEXICO.-La muerte fue lo último en mudar. Antes todo se había ido arrinconando, prohibiendo y olvidando por desuso. Pasó cuando llegó el huracán de los blancos y los mestizos y se fijaron en aquellos ritos arcaicos. Su estricto orden de la salud y la moral aconsejaba defenestrarlos también.

Y entonces los muertos de los mayas empezaron a ser algo menos sus muertos para convertirse poco a poco en los muertos de los otros. «Hasta no hace mucho en nuestras comunidades los compadres bañaban a los fallecidos con un trapo húmedo que iban escurriendo y con el agua que se recogía en un recipiente se hacía un chocolate que todos los allegados tomaban», anuncia a Crónica el investigador y profesor de la Universidad de Oriente en Lingüística y Cultura Maya Lázaro Hilario Tuz.

Charlamos en su casa familiar del pueblo de Pomuch (en el estado mexicano de Campeche) mientras comemos un pan famoso en toda la región horneado en la conocida como panadería de los españoles.

¿Por qué se hacía esa costumbre del chocolate? «Para repartir los pecados del difunto; con tanta carga uno no puede subir arriba», explica Tuz. La costumbre, de la que no hay apenas ningún documento que la haya reflejado al realizarse en pueblos retirados de las zonas rurales de la Península del Yucatán, se conoce por el boca a boca de los mayores siempre temerosos de ser identificados y relegados por ser indígenas.

«En las zonas más apartadas del estado de Quintana Roo puede ser que aún se practique. En Campeche hace ya 40 años que desapareció por las prohibiciones» señala el también investigador maya Nehemías Chi. «En Xkulok se realizaba este rito.

Es un sitio apartado, sin avances donde la gente vivía a la antigüita. No había médico sino que se practicaba la medicina natural» señala Nehemías que describe el proceso: «El moribundo era cuidado por sus familiares en la casa.

Cuando fallecía eran los más cercanos los que en el velatorio realizaban el P’O’Keban. Con mucho cuidado hacían una limpieza del cuerpo sin tocar las zonas sexuales con un trapo húmedo. Con ese agua, según los medios económicos de la familia, se realizaba un chocolate, los más pudientes, y los que tenían menos recursos un pozole (la comida más popular mexicana) que se distribuía entre los allegados.

Al beber ese caldo se pasaba todas las características del difunto a ellos», explica el profesor Nehemías. «La creencia es que los muertos más brillantes transmitían así su conocimiento y los menos brillantes distribuían sus pecados.

La realidad es que antes de la Conquista española siempre se hacía el ritual con chocolate, que era un fruto barato, pero luego subió su coste y algunas familias comenzaron a hacer pozole», señala Chi.

«Algunas personas mayores me contaron que con el agua de lavar a los muertos se realizaba el relleno negro. Se hace con un chile de árbol rojo que crece en las milpas. Se muele, se cuela su jugo y se hace oscuro, símbolo de la muerte. Eso se pone a la carne y así se compartía el pecado del difunto desde un sentido comunitario», narra la también profesora maya Cessia Chuc.

Quizá la última vez que se haya practicado este rito sea en el entierro hace unos tres años, calcula el profesor Nehemías, del considerado último maya puro. «Fue en la localidad de Felipe Carrillo Puerto, en Quintana Roo.

El difunto era considerado descendiente directo de los mayas que portaban la cruz parlante (cruz maya distinta a la cristiana), un mito por el que los dioses mayas guiaban a sus guerreros en las llamadas Guerras de Castas entre 1847 y 1901. Entonces los mayas se rebelaron contra los blancos y mestizos que ocupaban la Península del Yucatán hasta que el ejército acabó con la revuelta.

Este hombre fue enterrado en el patio de su casa, otra costumbre hoy prohibida, y es probable que su cadáver haya sido limpiado con trapos húmedos y hecho el rito del chocolate», opina el profesor Nehemías.

Enterrar a los muertos en las casas es otra de las costumbres ceremoniales que las autoridades han prohibido a los mayas por cuestiones sanitarias. «El maya enterraba en la puerta de casa. Para nosotros un entierro es pasar a formar parte de la naturaleza y los huesos pasan a ser reliquias. Antes se dejaba al difunto un año en la casa y cuando era su cumpleaños se realizaba una fiesta donde se traían viandas al muerto», explica el profesor Hilario Tuz.

En Pomuch, que en maya significa «lugar donde se asolean los sapos», las autoridades vetaron esos entierros en las casas, incluso se prohibió la costumbre de llevar los restos de los fallecidos nueve días a las viviendas cada Día de los Muertos y luego trasladarlos con rezos al panteón de nuevo. Sin embargo, con lo que no pudieron, cosas del turismo y el dinero, fue con clausurar el singular cementerio municipal.

Doña Porfiria Maico, de 68 años, es una entrañable maya que nos acompaña al cementerio cristiano-maya (el sincretismo religioso lo ocupa todo) donde descansan sus familiares. Con mimo y cuidado nos pide que nos agachemos y le ayudemos a sacar los restos de Doña Angelita, tía de su suegra, que murió con 90 años. Junto a ella están otras dos cajas, compartiendo nicho, de otros familiares entre los que hay los restos de un niño fallecido de 11 años.

Sacamos la caja donde se observan los huesos descubiertos de sus familiares. Están a la vista de cualquier visitante. Ella, como cada año, le ha cambiado los paños en los que se envuelven los restos. Deben ser blancos, símbolo de pureza, con algunos adornos que la familia cose.

Con el viejo paño limpia con tacto los restos de sus ancestros y los vuelve a depositar en la caja. No puede tirar ninguno fuera, son todos reliquias que deben depositarse de nuevo en el recipiente de madera.

Lo hace así siempre en la semana del 2 de noviembre, día de los muertos, donde los ancestros vuelven a reunirse con los suyos. «Son mis familiares», dice con una sonrisa. No saca ningún hueso de la caja al no ser tiempo de los difuntos, señal de respeto, y explica como en breve comenzará a coser los paños que protegerán a sus familiares a partir de noviembre de 2017. «Los hacemos en las casas», dice ella en un dubitativo español.

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